Cómo mejorar tu vida empezando por tus hábitos diarios (2)
Productividad

Antes de cambiar mi vida, tuve que empezar por cosas mucho más pequeñas

Durante bastante tiempo pensé que para mejorar mi vida tenía que encontrar una gran respuesta. Con los años entendí que, cuando uno se pregunta cómo mejorar tu vida, muchas veces empieza buscando demasiado lejos.

Un proyecto mejor, ganar más dinero, organizarme de otra manera, aprender algo nuevo, encontrar un propósito más claro o descubrir qué estaba haciendo mal. Siempre parecía haber una pieza que me faltaba y que, una vez encontrada, iba a conseguir que todo lo demás empezara a encajar.

Con los años he empezado a pensar que estaba buscando demasiado lejos.

Porque muchas veces el problema no era que no supiera lo que quería hacer con mi vida.

El problema era que me acostaba más tarde de lo que debía, dormía peor, comía cualquier cosa cuando estaba cansado, dejaba el ejercicio para mañana y podía pasar demasiado tiempo delante de una pantalla haciendo cosas que, si me preguntaban después, ni siquiera sabía muy bien por qué estaba haciendo.

Y desde ahí pretendía resolver asuntos muchísimo más complicados.

Ahora me resulta hasta curioso.

Quería tener más disciplina para trabajar, pero no siempre tenía disciplina para irme a dormir.

Quería conseguir objetivos importantes, pero podía pasarme semanas posponiendo cosas bastante sencillas.

Quería sentir que tenía el control sobre mi futuro cuando algunas veces ni siquiera tenía demasiado control sobre lo que hacía durante una tarde cualquiera.

No digo esto desde el punto de vista de alguien que tenga todo solucionado. Precisamente lo digo porque me sigo encontrando con ello.

Hay temporadas en las que hago las cosas bastante bien y otras en las que poco a poco empiezo a aflojar. Una noche me acuesto más tarde, después otra, dejo de hacer ejercicio unos días, como peor porque tengo demasiado trabajo y, sin darme cuenta, al cabo de unas semanas empiezo a notar que no solamente estoy más cansado, sino también menos concentrado, menos paciente y con bastante menos ganas de hacer determinadas cosas.

Lo interesante es que durante mucho tiempo separaba una cosa de la otra.

Pensaba que estar desmotivado era un problema mental.

Que estar cansado era un problema de trabajo.

Que procrastinar era un problema de productividad.

Y seguramente algunas veces lo era.

Pero otras muchas veces estaba intentando encontrar una explicación complicada a algo mucho más sencillo: estaba durmiendo poco, moviéndome menos de lo necesario y llevando unos hábitos que no ayudaban absolutamente nada.

Si alguien me preguntara hoy cómo mejorar tu vida de una manera realista, probablemente no empezaría hablando de grandes metas. Empezaría hablando de las pequeñas decisiones que repetimos todos los días.

Crear disciplina personal a través de pequeños hábitos

Empecé a fijarme en una cosa bastante incómoda

Con el tiempo me di cuenta de que había algo que me molestaba incluso más que incumplir un objetivo.

Era incumplirme a mí mismo.

Decir por la noche que mañana haría algo y, cuando llegaba el momento, empezar a negociar conmigo.

“Mañana lo hago.”

“Hoy estoy cansado.”

“Por un día no pasa nada.”

“La semana que viene empiezo bien.”

Y claro que por un día no pasa nada.

El problema es que somos extraordinariamente buenos utilizando esa frase.

Una vez no pasa nada.

Dos tampoco.

Pero hay un momento en el que uno tiene que reconocer que aquello que llama excepción lleva meses siendo la norma.

Eso me hizo pensar bastante en la confianza que tenemos en nosotros mismos.

Normalmente hablamos de confianza como algo relacionado con hablar en público, montar una empresa, conocer gente o enfrentarse a situaciones difíciles, pero creo que hay otra confianza mucho más básica que construimos todos los días y a la que prestamos poca atención.

La confianza en nuestra propia palabra.

Si me digo que mañana voy a entrenar y entreno, hay una pequeña promesa cumplida.

Si decido que tengo que acostarme antes y lo hago, otra.

Si digo que voy a terminar algo antes de abrir Instagram y consigo hacerlo, otra más.

Individualmente parecen tonterías.

Pero juntas empiezan a construir una sensación que para mí tiene muchísimo valor: la de saber que cuando tomo una decisión existe una posibilidad razonable de que vaya a cumplirla.

Y cuando ocurre lo contrario también vamos acumulando pruebas.

Si durante años nos decimos “el lunes empiezo” y nunca empezamos, llega un momento en el que ni nosotros mismos nos creemos del todo.

Eso sí me parece peligroso.

Cumplir las promesas que nos hacemos a nosotros mismos

Dejé de buscar días perfectos

También he cometido el error de intentar hacerlo todo demasiado bien.

Empiezas a entrenar y quieres hacerlo cinco días.

Decides comer mejor y de repente parece que nunca más puedes comerte una pizza.

Quieres madrugar y decides levantarte dos horas antes.

Quieres ser productivo y conviertes el día entero en una lista de obligaciones.

A mí ese sistema normalmente me dura poco.

Porque inevitablemente llega un día malo, rompes la rutina y tienes la sensación absurda de que has vuelto al principio.

Con el tiempo he preferido algo bastante menos espectacular: intentar que la mayoría de mis días sean razonablemente buenos.

No perfectos.

Razonables.

Dormir bien casi siempre.

Moverme con frecuencia.

Comer bien la mayor parte del tiempo.

Trabajar cuando tengo que trabajar.

Descansar sin sentir que estoy cometiendo un delito.

Y aceptar también que habrá cenas, vacaciones, semanas complicadas, días en los que no voy a tener ganas de nada y momentos en los que simplemente no voy a cumplir lo que había previsto.

Eso forma parte de vivir.

Para mí el problema nunca ha sido hacerlo mal un martes.

El problema aparece cuando llevo tres meses haciendo algo que sé que no me conviene y sigo diciéndome que la semana que viene cambiaré.

Ahí intento prestar atención.

Porque normalmente significa que no necesito otro libro, otra aplicación o una nueva técnica de productividad.

He aprendido que cómo mejorar tu vida no siempre tiene que ver con hacer cambios enormes. En mi caso, muchas veces ha significado simplemente volver a dormir bien, moverme más y cumplir lo que había dicho que iba a hacer.

Dormir bien hacer ejercicio y recuperar buenos hábitos

Cuidarme no siempre ha significado hacer lo que me apetecía

Esta probablemente sea una de las ideas que más me ha costado entender.

Durante mucho tiempo asocié cuidarme con descansar, darme un capricho, desconectar o hacer algo que me apeteciera.

Y obviamente hay momentos para todo eso.

Pero ahora creo que cuidarme también significa hacer bastantes cosas que no me apetecen.

Irme a dormir cuando preferiría seguir despierto.

Salir a caminar cuando hace frío.

Entrenar cuando llevo todo el día trabajando.

Decir que no a algo.

Dejar el teléfono en otra habitación.

Mirar mis cuentas cuando preferiría no mirarlas.

O simplemente reconocer que una determinada costumbre me está perjudicando aunque lleve años justificándola.

A veces pienso en ello de una forma muy sencilla.

Si yo tuviera que cuidar de otra persona a la que quiero mucho, probablemente no le recomendaría dormir cinco horas, comer mal, pasarse el día sentado y mirar el teléfono hasta las dos de la mañana.

Entonces, ¿por qué algunas veces acepto todo eso para mí?

No tengo una respuesta especialmente profunda.

Supongo que porque es fácil.

Cuanto más pienso en cómo mejorar tu vida, menos creo en las transformaciones repentinas y más importancia doy a esas pequeñas acciones que parecen insignificantes cuando las hacemos una sola vez.

Porque los seres humanos tenemos una capacidad extraordinaria para saber perfectamente lo que nos conviene y hacer exactamente lo contrario.

Yo el primero.

Volver a lo básico para recuperar el control de tu vida

Cómo mejorar tu vida cuando sientes que estás perdiendo el control

No me pongo a rehacer mi vida entera.

No necesito necesariamente un nuevo plan.

Intento recuperar algunas cosas pequeñas.

Dormir.

Moverme.

Comer decentemente.

Levantarme cuando había decidido levantarme.

Terminar alguna cosa que llevo demasiado tiempo posponiendo.

Pasar menos tiempo consumiendo y algo más creando.

Volver, en definitiva, a sentir que soy yo quien está decidiendo cómo utilizo mis días.

Luego siguen existiendo problemas.

Por supuesto.

Cuidar el cuerpo no arregla una cuenta bancaria, no soluciona una relación, no convierte una mala idea de negocio en una buena y tampoco garantiza que las cosas vayan a salir como queremos.

Pero sí he comprobado una cosa: enfrento bastante mejor prácticamente cualquier problema cuando estoy bien físicamente que cuando llevo semanas cansado y funcionando a medias.

Y solamente por eso ya merece la pena prestarle atención.

Cada vez estoy más convencido de que algunos de los grandes cambios que buscamos empiezan de una manera bastante poco emocionante.

No empiezan el día que encontramos nuestra misión en la vida.

Empiezan un martes cualquiera cuando hacemos algo que habíamos dicho que haríamos.

Nadie lo ve.

Nadie nos felicita.

No hay una transformación instantánea.

Pero repetimos.

Y después repetimos otra vez.

Hasta que poco a poco dejamos de ser esa persona que siempre está prometiéndose que empezará mañana.

No tengo todo esto resuelto ni creo que llegue un día en el que pueda decir que ya lo tengo.

Pero sí sé dónde intento volver cuando noto que las cosas empiezan a desordenarse.

A lo básico.

Porque antes de intentar controlar todas las circunstancias de mi vida, he aprendido que merece la pena intentar gobernar primero aquellas pequeñas cosas que todavía dependen de mí.

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